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Historia del
Cerro Negro Ephraim
George Squier en su libro Nicaragua, sus gentes y paisajes,
narra el nacimiento del Volcán Cerro Negro durante el mes de
abril de 1850:
"El
11 y 12 de abril de 1850 se oyeron retumbos como de truenos en
la cuidad de León. Parecían venir del lado de los volcanes y
se les supuso proceder del Momotombo que algunas veces ruge y
da otras señales de actividad, además de echar humo.
Este volcán,
sin embargo, no mostraba en esa ocasión indicios de
culpabilidad. Los ruidos se hicieron más fuerte y frecuentes
en la noche del 12, y en León hasta se sintieron temblores
que, cerca de los montes, fueron tan recios que aterrizaron a
los campesinos. El domingo 13, en la primeras horas de la mañana,
se abrió un respiradero cerca de la base del por mucho tiempo
extinto volcán Las Pilas, a unas veinte millas de León. Las
convulsiones terrestres a la hora de la erupción fueron
tremendas en la vecindad, y según los relatos de los
habitantes parecían violentas sacudidas. Podría decirse que
el punto exacto de la abertura está en la planicie; sin
embargo, la lava arrojada siglos antes la elevó un poco, y
fue bajo este manto de lava que tuvo efecto la erupción.
Nadie vive en un radio de varias millas de ese lugar, por
consiguiente, no estoy lo suficientemente bien informado
acerca de los pródomos registrados en los primeros días de
vida del nuevo volcán. Sea como fuere, parece que la erupción
se presentó con grandes llamaradas y que, al principio,
arrojaba irregularmente - y por todos lados - marejadas de
materia derretida. Esto fue sin duda lo que ocurrió, a juzgar
por lo que vi al visitar el sitio unos días después. En una
gran extensión a la redonda veíanse unas como lajas de lava
dispersas semejantes a láminas de hierro recién fundido.
Esta deyección irregular fue de unas horas solamente, y le
siguió un flujo lávico que corrió faldas abajo hacia el
oeste, en forma de un alto camellón arrollando árboles y
todo lo que se oponía a su avance. Mientras fluia la materia
- lo cual ocurrió por el resto del día - la tierra estuvo
quieta, con la excepción de un ligerísimo temblor no
advertido más allá de unas pocas millas. El 14, no obstante,
cesó de correr la lava para pasar a una etapa de actividad
completamente distinta.
Comenzó
entonces una serie de vómitos de tres minutos de duración,
seguidos de iguales pausas; a cada uno acompañaban remezones
(demasiado leves, sin embargo, para sentirse en León),
seguidos de llamaradas de más de cien pies de alto. Cada vómito
lanzaba, además, lluvias de piedras al rojo vivo que se
elevaban varios centenares de pies, y cuya mayor parte volvía
a caer en cráter; el resto caía afuera formando gradualmente
un cono en torno suyo. Mediante este proceso de desgaste, las
piedras se redondeaban poco a poco, explicándose así la
esfericidad de las piedras volcánicas. Las violentas
emisiones continuaron sin interrupción por siete días, y
desde León se veína muy bien de noche. En la mañana del 22,
en compañía del doctor J. W. Livingstone, cónsul de los
Estados Unidos, salí para el volcán. Nadie había osado
acercarse a él, pero no tuvimos dificultad en persuadir a
varios campistas de la hacienda de Orota para que nos
sirvieran de baquianos. Con tropiezos pudimos llegar a
caballo, sobre la lava, hasta una milla y media del lugar; de
allí seguimos a pie. A fin de obtener una completa vista del
nuevo volcán, subimos a un alto y pelado camellón de
escoria, desde el cual se dominaba. Desde ese punto tenía la
apariencia de un inmenso pero, panza arriba, con un hoy en el
fondo, que es el cráter. De éste chorreaba un torrente de
lava hirviente que despedía trémulas radiaciones. Si bien
las erupciones habían cesado esa mañana, la humareda seguía
saliendo aún, y el fuerte viento del noreste la empujaba en
torbellino rasando las copas de los árboles.
Parches
amarillentos - azufres cristalizado dejado allí por el vapor
que se cuela entre las piedras sueltas - colorean el cono. Los
árboles del derredor, cual gigantescos esqueletos, muestran
sus troncos lucios, sin ramas, ni corteza, ni hojas. Tentados
por el reposo del volcán, y deseosos de observarlo más de
cerca, a pesar de las advertencias de los baquianos, bajamos
de donde nos encontrábamos y, siguiendo el viento, anduvimos
casi a gatas en dirección al cono, cruzando lunares de
cardones y piñuelas. Por todos lados vimos láminas de lava -
a manera de hojuelas - arrojadas el primer día de la erupción.
Sin ninguna dificultad llegamos hasta su base; el viento
llevaba hacia el otro lado el humo y los vapores. Tiene unos
cientos cincuenta o doscientos pies de alto por doscientas
yardas de diámetro en la base, y contorno muy regulares. Es
todo de piedras más o menos redondas, y de todo tamaño, que
pesan desde una a quinientas libras. Al llegar nosotros no se
oía ruido alguno más que un sordo y profundo retumbo, acompañado
de levísima trepidación. Pero ávidos de examinarlo más de
cerca todavía, y de comprobar la aserción popular de que
cualquier disturbio considerable en las cercanías de los
respiraderos produciría indefectiblemente una erupción, nos
dispusimos a subir. Ante el temor de que las piedras de la
cumbre estuviesen demasiado calientes, me armé de dos
bordones en que apoyarme para no quemarme la manos. El doctor
no quiso llevar ninguno. El ascenso fue en verdad dificultoso;
las piedras se escurrían bajo nuestros pies rodando con
estruendo cuesta abajo. Habíamos, con todo, llegado casi a la
cumbre ya, cuando el doctor, que iba un poco adelante,
retrocedió repentinamente lanzando un rugido de dolor: había
puesto las manos sobre una capa de lava candente que al punto
se las ampolló. Paramos un momento, y mientras me examinaba
los pies oí un grito de espanto de mi compañero, quien al
mismo tiempo daba un salto casi sobrehumano. Simultáneamente
se oyó un extraño tronido resonante que por poco me
ensordece; parecióme ver un vértice en el aire y sentí como
si la lava que pisaba cediera bajo mis pies. Rápido como el
pensamiento miré hacia arriba: el cielo estaba negro de
piedras y mil centellas chisporroteaban entre ellas. Todo esto
ocurrió en un parpadear, y en ese mismo instante yo también
corrí hacia abajo llegando al plan junto con el baquiano en
el momento preciso de librarme de las piedras que caían en
estrepitosa lluvia en el propio lugar donde acabábamos de
estar. Ni para qué decir que, a pesar de los espinosos
cardones y de la filosa lava, no tardamos en poner buen trecho
de por medio entre nosotros y el ígneo objeto de nuestra
curiosidad.
La erupción
duró cerca de una hora, con pausas de respiro, como para
tomar huelgo. El estridor parecía de innumerables altos
hornos en plena operación; el cielo hormigueaba de negras
piedras que subían y caían. Se calmó tan de pronto como se
había alterado, y en vano esperamos varias horas para ver si
se repetía el fenómeno. Los baquianos aseguraban que otro
intento de subir, o cualquier disturbio producido en su ladera
o alrededores, provocaría una nueva erupción. No quisimos
comprobarlo.
Desde
entonces, hasta que salí de Nicaragua no supe que ocurriera
ninguna otra erupción fuera de aquella en que cayó la
primera lluvia fuerte, que según creo fue el 27 de mayo.
Tampoco he sabido que hasta el presente joven y prometedor
volcán hubiese dado nuevas señales de actividad. Temo que
sus primeros vagidos, de tan fuertes, le hayan vuelto
prematuramente viejo. Las deyecciones de este respiradero,
consistentes en piedras principalmente, parecen haber sido - y
quizás lo fueron - peculiares; pues tanto los propios
volcanes, como los picos de sus alrededores, parecen haberse
formado de tales piedras entremezcladas con grandes cantidades
de cenizas y arena escoriáceas, más las capas de lava".
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