Nov. 21 de 2017
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Ephraim George Squier
Biografía

Historia del Cerro Negro

Ephraim George Squier en su libro Nicaragua, sus gentes y paisajes, narra el nacimiento del Volcán Cerro Negro durante el mes de abril de 1850:

"El 11 y 12 de abril de 1850 se oyeron retumbos como de truenos en la cuidad de León. Parecían venir del lado de los volcanes y se les supuso proceder del Momotombo que algunas veces ruge y da otras señales de actividad, además de echar humo.

Este volcán, sin embargo, no mostraba en esa ocasión indicios de culpabilidad. Los ruidos se hicieron más fuerte y frecuentes en la noche del 12, y en León hasta se sintieron temblores que, cerca de los montes, fueron tan recios que aterrizaron a los campesinos. El domingo 13, en la primeras horas de la mañana, se abrió un respiradero cerca de la base del por mucho tiempo extinto volcán Las Pilas, a unas veinte millas de León. Las convulsiones terrestres a la hora de la erupción fueron tremendas en la vecindad, y según los relatos de los habitantes parecían violentas sacudidas. Podría decirse que el punto exacto de la abertura está en la planicie; sin embargo, la lava arrojada siglos antes la elevó un poco, y fue bajo este manto de lava que tuvo efecto la erupción. Nadie vive en un radio de varias millas de ese lugar, por consiguiente, no estoy lo suficientemente bien informado acerca de los pródomos registrados en los primeros días de vida del nuevo volcán. Sea como fuere, parece que la erupción se presentó con grandes llamaradas y que, al principio, arrojaba irregularmente - y por todos lados - marejadas de materia derretida. Esto fue sin duda lo que ocurrió, a juzgar por lo que vi al visitar el sitio unos días después. En una gran extensión a la redonda veíanse unas como lajas de lava dispersas semejantes a láminas de hierro recién fundido. Esta deyección irregular fue de unas horas solamente, y le siguió un flujo lávico que corrió faldas abajo hacia el oeste, en forma de un alto camellón arrollando árboles y todo lo que se oponía a su avance. Mientras fluia la materia - lo cual ocurrió por el resto del día - la tierra estuvo quieta, con la excepción de un ligerísimo temblor no advertido más allá de unas pocas millas. El 14, no obstante, cesó de correr la lava para pasar a una etapa de actividad completamente distinta.

Comenzó entonces una serie de vómitos de tres minutos de duración, seguidos de iguales pausas; a cada uno acompañaban remezones (demasiado leves, sin embargo, para sentirse en León), seguidos de llamaradas de más de cien pies de alto. Cada vómito lanzaba, además, lluvias de piedras al rojo vivo que se elevaban varios centenares de pies, y cuya mayor parte volvía a caer en cráter; el resto caía afuera formando gradualmente un cono en torno suyo. Mediante este proceso de desgaste, las piedras se redondeaban poco a poco, explicándose así la esfericidad de las piedras volcánicas. Las violentas emisiones continuaron sin interrupción por siete días, y desde León se veína muy bien de noche. En la mañana del 22, en compañía del doctor J. W. Livingstone, cónsul de los Estados Unidos, salí para el volcán. Nadie había osado acercarse a él, pero no tuvimos dificultad en persuadir a varios campistas de la hacienda de Orota para que nos sirvieran de baquianos. Con tropiezos pudimos llegar a caballo, sobre la lava, hasta una milla y media del lugar; de allí seguimos a pie. A fin de obtener una completa vista del nuevo volcán, subimos a un alto y pelado camellón de escoria, desde el cual se dominaba. Desde ese punto tenía la apariencia de un inmenso pero, panza arriba, con un hoy en el fondo, que es el cráter. De éste chorreaba un torrente de lava hirviente que despedía trémulas radiaciones. Si bien las erupciones habían cesado esa mañana, la humareda seguía saliendo aún, y el fuerte viento del noreste la empujaba en torbellino rasando las copas de los árboles.

Parches amarillentos - azufres cristalizado dejado allí por el vapor que se cuela entre las piedras sueltas - colorean el cono. Los árboles del derredor, cual gigantescos esqueletos, muestran sus troncos lucios, sin ramas, ni corteza, ni hojas. Tentados por el reposo del volcán, y deseosos de observarlo más de cerca, a pesar de las advertencias de los baquianos, bajamos de donde nos encontrábamos y, siguiendo el viento, anduvimos casi a gatas en dirección al cono, cruzando lunares de cardones y piñuelas. Por todos lados vimos láminas de lava - a manera de hojuelas - arrojadas el primer día de la erupción. Sin ninguna dificultad llegamos hasta su base; el viento llevaba hacia el otro lado el humo y los vapores. Tiene unos cientos cincuenta o doscientos pies de alto por doscientas yardas de diámetro en la base, y contorno muy regulares. Es todo de piedras más o menos redondas, y de todo tamaño, que pesan desde una a quinientas libras. Al llegar nosotros no se oía ruido alguno más que un sordo y profundo retumbo, acompañado de levísima trepidación. Pero ávidos de examinarlo más de cerca todavía, y de comprobar la aserción popular de que cualquier disturbio considerable en las cercanías de los respiraderos produciría indefectiblemente una erupción, nos dispusimos a subir. Ante el temor de que las piedras de la cumbre estuviesen demasiado calientes, me armé de dos bordones en que apoyarme para no quemarme la manos. El doctor no quiso llevar ninguno. El ascenso fue en verdad dificultoso; las piedras se escurrían bajo nuestros pies rodando con estruendo cuesta abajo. Habíamos, con todo, llegado casi a la cumbre ya, cuando el doctor, que iba un poco adelante, retrocedió repentinamente lanzando un rugido de dolor: había puesto las manos sobre una capa de lava candente que al punto se las ampolló. Paramos un momento, y mientras me examinaba los pies oí un grito de espanto de mi compañero, quien al mismo tiempo daba un salto casi sobrehumano. Simultáneamente se oyó un extraño tronido resonante que por poco me ensordece; parecióme ver un vértice en el aire y sentí como si la lava que pisaba cediera bajo mis pies. Rápido como el pensamiento miré hacia arriba: el cielo estaba negro de piedras y mil centellas chisporroteaban entre ellas. Todo esto ocurrió en un parpadear, y en ese mismo instante yo también corrí hacia abajo llegando al plan junto con el baquiano en el momento preciso de librarme de las piedras que caían en estrepitosa lluvia en el propio lugar donde acabábamos de estar. Ni para qué decir que, a pesar de los espinosos cardones y de la filosa lava, no tardamos en poner buen trecho de por medio entre nosotros y el ígneo objeto de nuestra curiosidad.

La erupción duró cerca de una hora, con pausas de respiro, como para tomar huelgo. El estridor parecía de innumerables altos hornos en plena operación; el cielo hormigueaba de negras piedras que subían y caían. Se calmó tan de pronto como se había alterado, y en vano esperamos varias horas para ver si se repetía el fenómeno. Los baquianos aseguraban que otro intento de subir, o cualquier disturbio producido en su ladera o alrededores, provocaría una nueva erupción. No quisimos comprobarlo.

Desde entonces, hasta que salí de Nicaragua no supe que ocurriera ninguna otra erupción fuera de aquella en que cayó la primera lluvia fuerte, que según creo fue el 27 de mayo. Tampoco he sabido que hasta el presente joven y prometedor volcán hubiese dado nuevas señales de actividad. Temo que sus primeros vagidos, de tan fuertes, le hayan vuelto prematuramente viejo. Las deyecciones de este respiradero, consistentes en piedras principalmente, parecen haber sido - y quizás lo fueron - peculiares; pues tanto los propios volcanes, como los picos de sus alrededores, parecen haberse formado de tales piedras entremezcladas con grandes cantidades de cenizas y arena escoriáceas, más las capas de lava".


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